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lunes, 20 de abril de 2009

La rentabilidad se llama Hiddink

Ayer estuve paseando por el parque de la Ciutadella con motivo de la Fira de la Terra. Por si a alguien le interesa, había cosas que estaban muy bien, otras no tanto y también había muchas 'frikeces'. Entre ellas, unos tipos que me propusieron apadrinar la plantada de árboles con 3.000 euros y que me aseguraban que, con la madera que sacarían cuando se hicieran grandes, me darían al menos 18.000. Obviamente no acepté.

Pensaba con una media sonrisa en lo que me había pasado cuando, ya en casa, leí que el Manchester había caído en los penaltis contra el Everton y que, por tanto, el Chelsea es el único inglés que opta al triplete. Y me acordé de Guus Hiddink, quizás el mejor ejemplo de rentabilidad. En este caso, rentabilidad real y no fictica, no como los amigos de los árboles.

Y es que tras echar de manera fulminante a Scolari, Abramovich por fin tomó una decisión sabia. El ruso pensó que a media temporada no era momento de iniciar un proyecto en serio y fichó para 'su' Chelsea al técnico que tiene el mejor porcentaje de éxito en la historia de la interinidad. Y es que Guus es un nómada, un apátrida. Seguramente tiene algo de judío, no en vano cuando entrenaba al Valencia mandó retirar una esvástica que los temidos Yomus ondeaban en la grada.

Hay dos anécdotas que se complementan y que explican bien el carácter del holandés. Es un gran conversador y le encanta el café, dos atributos que deberían ir siempre juntos. Ambos deben serle muy útiles, puesto que ponerse al día cuando llega a un país nuevo debe requerir buenas dosis de paciencia auditiva y buenas tazas de café. "¿Qué sabemos del Aston Villa?", preguntó a los capitanes del Chelsea hace semanas, reconociendo que no sabía mucho de los villanos. Ellos le explicaron, él escuchó y el Chelsea ganó.

La vida de Hiddink transcurre así, con la incertidumbre de no saber donde estará en unos meses pero con la certeza de que algo saldrá, mientras los directivos no pierdan la poca cordura que les queda. Y con estas ha llevado a los 'blues' a la final de la Cup, a las semis de la Champions y a optar -aunque remotamente- a la Premier. De paso, ha recuperado a Drogba para la causa, además de mejorar notablemente el rendimiento de Ballack y Lampard, que ahora parecen compatibles y todo.

El PSV, Holanda, Corea, Australia, Rusia y ahora el Chelsea de Abramovich. Hiddink como nadie sabe que en esto del fútbol hay que tener un amigo en cada puerto. Y sólo él tiene la fórmula para conseguirlo.

martes, 14 de abril de 2009

Monumento a la intensidad

Apuraba mi cerveza belga pensando en lo que escribiría. Lo tenía todo pensado. Que si a estas alturas de temporada es muy difícil hacer dos esfuerzos para remontar, que bastante había hecho el Liverpool sin Gerrard, que vaya reacción del Chelsea. Nada de eso vale ya para nada. Sólo me puedo quedar con el inigualable homenaje a la intensidad que he visto.

Eran las 21.20 y me aburría en mi sofá. Ni Bayern ni Barça querían darme el gusto de estar un rato en casa disfrutando de buen fútbol tras un largo día de trabajo. Intentaba ver el Chelsea-Liverpool por internet sin resultados. A la media parte, ¡zas! Me he levantado, he cogido mi bicicleta y he ido a buscar el pub más cercano.

He llegado justo para ver empezar la segunda parte y para comprobar que tendría que estar de pie y que el Barça tenía preferencia. Quizás no importe, he pensado. Tenía razón. He aguantado que Reina se metiera el primero pensando que a los reds igual les valía con dos, me he resignado con el golazo de Alex pensando que la potencia del chut se merecía mi perdón y he estado a punto de irme con el pase de la muerte y la rubrica de Lampard.

Minuto 75, ni Benítez cree ya y saca a N'Dog por Torres. Alguien, quizás Carragher, se acuerda de Hillsborough. De los 96 muertos, de tantos recuerdos, de qué el fútbol sólo vale la pena si se llega al vestuario sucio y sudado. Chuta Leiva y Essien se lo mete en propia puerta. ¡Gol! Parecía que todos eran culés, pero el bar salta. Lo celebramos y apuro mi pinta. Vaya huevos, pienso. 'Come on, boys', grita un red a mi izquieda. Centra Riera y lo que parecía imposible es realidad. Es fútbol y es posible. Aparece Kuyt, un tipo trabajador y trágico, muy digno de llevar la camiseta que lleva. Gol, sólo falta uno.

Y Lampard me hace el último regalo de la noche. Iba con el Liverpool, la verdad. Pero... ¿qué importa algo tan inmaterial como el nacionalismo cuando el fútbol se juega a ese ritmo? Nada, me da igual. Me marcho del bar y oigo gritos. Essien saca un balón bajo palos. Quedan dos minutos: ¿me voy o me quedo? Me voy, más por miedo de que el síndrome de Stendhal vuelva a apoderarse de mi cuerpo que por deseo de llegar a casa.

Sólo Carragher, y por un instante, se ha acordado hoy de Hillsborough. No ha habido tiempo. Mañana lo habrá. Hoy sólo podemos dar las gracias a los dos. Gracias por este monumento a la intensidad, por haber convertido una aburrida noche en el sofá en una segunda parte de pintas, goles, idas y venidas. Gracias.