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viernes, 27 de noviembre de 2009

El otro derby, el de la linterna

Aunque en España difícilmente tendremos ojos para otra cosa este fin de semana, bien podríamos, en la poco apetecible jornada del sábado, sacar la linterna y ver un poco más allá. Al norte de Italia, por ejemplo, donde se juega el otro derby del fin de semana. El conocido como el derby de la linterna.

Históricamente Genova ha sido un puerto importante a la hora de dar salida a los productos del norte de Italia. Es por eso que la entrada natural a esta ciudad italiana era el mar y su faro, la contrastación de que se estaba cerca de tierra firme. Por eso al clásico entre el Genova y la Sampdoria se llama el derby de la linterna.

Será este sábado, a hora de partido grande (20.45), y con todos los alicientes. La Samp, históricamente el pequeño, llega cuarto en la clasificación mirando más para arriba que para abajo. El Genova, el hermano grande en origen, está séptimo y buscará imponerse en el Marassi para así acercarse, en este orden, a su eterno rival y a los puestos UEFA.

Se trata de uno de los clásicos más antiguos, y su fórmula es parecida a la de otros enfrentamientos de los equipos de la misma ciudad. Un primer equipo fundado por industriales ingleses -el Genoa- y la respuesta local por parte o bien de la burguesía o de algún grupo de obreros. La Sampdoria es una mezcla de las dos, ya que es fruto de la fusión, en 1946, entre la Ginnastica Sampierdarenese -proletario- y la Societá Andrea Doria -clases pudientes-.

Los enfrentamientos entre uno y otro equipo se fueron institucionalizando después de la Segunda Guerra Mundial, pero sus caminos nunca han caminado en paralelo, puesto que el Genoa, que hasta antes de la contienda había conseguido nueve Scudettos, entró en una dinámica negativa que le convirtió en un equipo sube y baja. La Sampdoria, por su parte, se fue consolidando en Italia hasta convertirse, de la mano de su carismático presidente Paolo Mantovani en campeón de Italia en la temporada 1990/91. En la siguiente incluso llegaron a la final de la Copa de Europa, que perdieron ante el Barça.

Actualmente, con los dos equipos luchando por los puestos europeos, es la época en que la ciudad de Génova puede presumir de tener el mejor nivel futbolístico de su historia. Pero en Italia o eres blanco o negro. No se puede presumir del Genoa si eres de la Samp, y al revés. El año pasado, un hat-trick de Milito acabó con el equipo del escudo del marinero. Estos días, si por las noches escuchas atentamente en el puerdo de Génova, oyes el eco de un grito que llega de una embarcación lejana: ¡Ven-gan-zaaaaaa!

viernes, 13 de noviembre de 2009

El reto de Blanc

La Liga francesa suele ser una competición de dinastías que se regeneran con el paso del tiempo, unas veces de manera traumática y en otras más suavemente, casi como quien no quiere la cosa. La penúltima, la del Marsella en los años 90, se desmoronó cuando el club fue descendido desde los despachos cuando el presidente, Bernard Tapie, fue acusado de sobornos. Habían ganado tres ligas seguidas.

A diferencia de estos tumultos, el cambio al que se asiste hoy en Francia es algo así como una revolución tranquila. Sobre todo por la calma que transmite el gran protagonista de ese cambio: Laurent Blanc, ese hombre que besaba calvas y del que es prácticamente imposible decir algo malo. Él ha armado un equipo bastante serio atrás y al que no le cuesta marcar, lanzado por Gourcouff y Chamakh, ya que esta temporada a Cavenaghi le está costando entrar.

También ha contribuido a ello el desarme del Olimpique de Lyon, que había dominado la Ligue en las últimas siete temporadas, que se ha quedado en los últimos años sin futbolistas importantes como Benzema, Coupet o Ben Arfa, a lo que se suma la decadencia física de Juniho.

Con todo, los de Blanc son líderes tras doce jornadas después de haberse proclamado campeones el año pasado en la última jornada, haciendo honor a su historia dramática, siempre al borde del límite. Era su sexto título y lo conseguía gracias a un gol de Gouffran precisamente frente al Caen, su antiguo equipo, y al que mandó a la segunda división.

El quinto, conseguido diez años antes, fue si cabe más dramático. Se la jugaban contra el Olympique de Marsella en la última jornada, como el año pasado. Mientras los marselleses ganaban su partido con un gol de Pires, el Burdeos coqueteaba con el drama al empatar a dos contra el PSG. Fue en el minuto 89 cuando llegó el gol y el éxtasis. Lo marcó Pascal Feindouno.

Y es que los años ochenta y noventa son todo un tobogán para el equipo de Burdeos. Todo iba sobre ruedas allá por el año 1987, cuando el Girondins se acostumbraba a ganar. Entre los años 1983 y 1987, el equipo se había anotado tres títulos y dos subcampeonatos, además de perder en las semifinales contra la Juventus en su mejor participación en la Copa de Europa, en la edición que acabó en Geysel con la conocida tragedia.

Los años 90 comenzaron con el descenso administrativo por la acuciante deuda, que superaba los 45 millones de euros. La recuperación deportiva vino precedida de la fuerte inyección económica de dos patrocinadores, Alain Afflelou y el canal de televisión M6, privada pensada para gente joven y cuyo eslogan en los 90 -'la pequeña cadena que sube y sube'- podría aplicarse a la situación del club. Y es que subió tras sólo un año en el infierno y desde entonces se ha consolidado con los dos títulos ya mencionados.

Ahora el presenta y el futuro está en manos de Blanc. ¿Será capaz de mantener el nivel del equipo en los próximos años o sucumbirá a una historia de grandes subidas e iguales tropiezos?

X. Prera

domingo, 8 de noviembre de 2009

Hertha de Berlín: una historia del siglo XX

Seguramente, que te acusen de nazi en Alemania es casi el peor insulto. De hecho, a diferencia de España, allí está prohibido mostrar emblemas nacionalsocialistas. Y si algún equipo lo ha tenido que aguantar a lo largo de los últimos 50 años es el Hertha Berlin. Quizá a ello se deba la poca implantación que históricamente ha tenido el club y que otros, como el Union Berlin, que milita en la equivalente a nuestra Segunda B, sean el equipo de muchos berlineses.

Y ahora, que van a cumplirse 20 años de la caída del Muro de Berlín, parece que los malos tiempos aires, de pesimismo y decaimiento, vuelven a apoderarse del equipo más grande de la capital alemana. Teniendo en cuenta su historia de grandes fracasos sonados, uno piensa que el presidente, Werner Gegenbauer, gestionó tan mal el éxito que no había otra realidad posible para esta temporada.

Despidió a Dieter Hoeness, el hombre que había modernizado el club en diez años desde el puesto de director general, y dejó ir a tres de los pilares de la brillante campaña del Hertha: el central croata Simunic -ojo con él- se fue al Hoffenheim, el delantero Pantelic al Ajax y Voronin volvió al Liverpool en contra de su deseo personal. Ahora resulta que el gran causante de la marcha de Hoeness, el entrenador Lucien Favre, tampoco sirve y ha sido despedido por el mal inicio de temporada. Un desastre.

No obstante, la historia del Hertha está plagada de ellos. Desde que los hermanos Fritz lo fundaran junto a Max Linder y Willy Loretz allá por 1892, los mejores años del Hertha fueron precisamente los primeros. En unas competiciones cuyas estructuras estaban naciendo el club era uno de los clásicos de Alemania y, en el periodo entreguerras, fue capaz de ganar dos Bundesligas. Las únicas que se pueden ver un su museo, aunque creo que el club tendría un filón si a esas dos copas les sumara una historia del club paralela a la del siglo XX.

Poco duraron los éxitos, ya que la irrupción electoral del nacionalsocialismo truncó su historia para siempre. Hay una especie de ‘etiqueta’ que seguramente pesa enormemente sobre la gente del Hertha, y es que fueron el equipo al que el Führer quiso convertir en suyo. Según un estudio de Daniel Koerfer, investigador de la Universidad Libre de Berlín, fue el interés de Hitler y no la presunta alienación del entorno del club a las ideas nazis lo que convirtió al Hertha en una especie de equipo del régimen que jugaba sus partidos en el Olímpico de Berlín.

De hecho, este estudio, que ya comentó Notas de Fútbol, demuestra que en las elecciones que en 1932 auparon al Partido Nazi, el barrio obrero donde estaba ubicada la sede del Hertha –Wedding, la Roja Wedding- votó en masa al Partido Comunista. Otra cosa es después, cuando Hitler, consciente del poder ideologizante del fútbol, colocó a su afín Hans Pfeifer al frente del club para tratar de convertir al club en el exponente de la superioridad de la raza aria. En ese mismo estadio, Jesse Owens le demostró al Führer en sus mismas narices la inutilidad de sus ideas.

Pasó la Guerra Mundial y las potencias ganadoras se repartieron Berlín, dividiéndola en dos. Y se alzó el Muro que partió la ciudad. Es obvio que el club se vio afectado. Tanto que se vio obligado a recurrir a los sobornos para convencer a los futbolistas de que el Hertha era un buen club para jugar. Cuando la federación alemana se dio cuenta, descendió al equipo a regional, convirtiendo a la dividida Berlín, como si eso no fuera suficiente, en la única capital europea sin un equipo en Primera. Aquello duraría años.

Para cuando volvieron, recomponer y modernizar el club era una tarea titánica que no se materializó del todo hasta la llegada de Hoeness. Él hizo el primer gran Hertha desde los años 80, un equipo que plantó cara al Bayern y se clasificó para la Champions en 1999. Era el Hertha de Marcelinho, de la ‘perla’ Deisler, de Basler… y de los problemas económicos. Las fueras inversiones y la quiebra de los patrocinadores televisivos dejan al club al borde de un abismo del que se recuperó la temporada pasada. Ahora vuelve el gris.

El Hertha tiene un gran paralelismo con la historia del mundo tras la caída del Muro. Todos pensaron que el mundo sólo podía ir a mejor y la mayoría imaginaron un mundo de vino y rosas, de paz y justicia. Ahora estamos en crisis.

X. Prera