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martes, 14 de abril de 2009

Monumento a la intensidad

Apuraba mi cerveza belga pensando en lo que escribiría. Lo tenía todo pensado. Que si a estas alturas de temporada es muy difícil hacer dos esfuerzos para remontar, que bastante había hecho el Liverpool sin Gerrard, que vaya reacción del Chelsea. Nada de eso vale ya para nada. Sólo me puedo quedar con el inigualable homenaje a la intensidad que he visto.

Eran las 21.20 y me aburría en mi sofá. Ni Bayern ni Barça querían darme el gusto de estar un rato en casa disfrutando de buen fútbol tras un largo día de trabajo. Intentaba ver el Chelsea-Liverpool por internet sin resultados. A la media parte, ¡zas! Me he levantado, he cogido mi bicicleta y he ido a buscar el pub más cercano.

He llegado justo para ver empezar la segunda parte y para comprobar que tendría que estar de pie y que el Barça tenía preferencia. Quizás no importe, he pensado. Tenía razón. He aguantado que Reina se metiera el primero pensando que a los reds igual les valía con dos, me he resignado con el golazo de Alex pensando que la potencia del chut se merecía mi perdón y he estado a punto de irme con el pase de la muerte y la rubrica de Lampard.

Minuto 75, ni Benítez cree ya y saca a N'Dog por Torres. Alguien, quizás Carragher, se acuerda de Hillsborough. De los 96 muertos, de tantos recuerdos, de qué el fútbol sólo vale la pena si se llega al vestuario sucio y sudado. Chuta Leiva y Essien se lo mete en propia puerta. ¡Gol! Parecía que todos eran culés, pero el bar salta. Lo celebramos y apuro mi pinta. Vaya huevos, pienso. 'Come on, boys', grita un red a mi izquieda. Centra Riera y lo que parecía imposible es realidad. Es fútbol y es posible. Aparece Kuyt, un tipo trabajador y trágico, muy digno de llevar la camiseta que lleva. Gol, sólo falta uno.

Y Lampard me hace el último regalo de la noche. Iba con el Liverpool, la verdad. Pero... ¿qué importa algo tan inmaterial como el nacionalismo cuando el fútbol se juega a ese ritmo? Nada, me da igual. Me marcho del bar y oigo gritos. Essien saca un balón bajo palos. Quedan dos minutos: ¿me voy o me quedo? Me voy, más por miedo de que el síndrome de Stendhal vuelva a apoderarse de mi cuerpo que por deseo de llegar a casa.

Sólo Carragher, y por un instante, se ha acordado hoy de Hillsborough. No ha habido tiempo. Mañana lo habrá. Hoy sólo podemos dar las gracias a los dos. Gracias por este monumento a la intensidad, por haber convertido una aburrida noche en el sofá en una segunda parte de pintas, goles, idas y venidas. Gracias.