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jueves, 1 de abril de 2010

Resaca del Emirates

El árbitro pita. Pasan de las 22.30. Rabia, decepción. Me marcho para casa, digo a los amigos. Esquivo las cervezas de los más de veinte asistentes a la velada y bajo a la calle. Pienso. ¿Escribo ahora, en caliente y con el enfado, o lo dejo para mañana? Decido ver las caras en el Metro, a ver como veo a la gente. Pero estamos en vísperas del Jueves Santo, y en el Metro de Barcelona, semivacío, sólo hay guiris a los que la vida les parece maravillosa.

Para equilibrar el mundo, decido enfadarme aún más y escribir al llegar a casa. Cabizbajo, pensando en las incontables ocasiones perdidas, enciendo el ordenador. Las imágenes de los primeros minutos se agolpan en mi mente. El córner de Busquets, la triple ocasión desperdiciada, el chut de Messi…

Pero ayer no era mi día, y el wi-fi decide por mí. Esta noche estoy de fiesta, amigo. Está bien, lo dejo para mañana.

Y, por la mañana, la sensación de impotencia y de ocasión perdida es la misma. Ni los dos goles como soles de un Ibrahimovic al que he defendido hasta la extenuación frente a las críticas –al final, con dosis de humor negro- que contra él se han vertido sirven para que me sienta mejor.

Un 2-2 no es mal resultado, me pareció escuchar saliendo del piso donde vi el partido. Pero no es el resultado final lo que importa, sino el cómo. Tras haber destrozado cualquier comparación posible con unos primeros quince minutos de ensueño y tras haber dominado a un Arsenal empequeñecido durante muchos minutos. Sin el mejor Messi, sin Iniesta.

Duele. Duele porque en la vuelta no estarán ni Piqué ni Puyol. Aunque tampoco estará Cesc, duele porque el ser humano no está preparado para controlar la incertidumbre, y con el 0-2 no había lugar para ella en mi mente. Ahora sí, habrá que esperar al Camp Nou para decidir esta eliminatoria que teníamos en un bolsillo agujereado. Duele porque temo acordarme de los primeros quince minutos toda la vida, y no precisamente por el homenaje al fútbol. A mi me duele.

martes, 9 de marzo de 2010

Un triunfo para los románticos

Uno, que siente cierta simpatía por los románticos que suelen quedarse en la orilla sin llegar a la playa en los momentos claves, se alegra enormemente de la victoria del Arsenal. Pienso que el equipo de Wenger -que ha ganado 5-0 al Oporto- se merece como pocos estar en los cuartos de final de la Champions.


Recuerdo aquellos siete fatídicos días en los que el Arsenal parecía haberlo perdido todo tras verse avasallado por dos máquinas de ganar como son el United y el Chelsea, esta victoria, como los anteriores en Liga, dejan si cabe mejor sabor de boca.


Sobre todo, porque el baile en el Emirates al Oporto se ha conseguido sin Cesc. Definir al catalán ya está caduco, simplemente es el mejor y se le exige y rinde como tal. Ahora bien, hasta ahora, en los partidos grandes, futbolistas como Arshavin o Nasri no habían dado la talla.


El ruso como asistente de lujo y director de orquesta y el francesito como goleador y estilete se convirtieron en los protagonistas junto a un Bendtner que, quizás, haya dado el paso necesario para olvidarse de los granos en la cara y los peinados de rockero teenager y convertirse en un delantero centro de equipo grande. Condiciones tiene, sólo le falta explotar y muchas veces el ‘boom’ se produce con un gran partido en una gran cita.


En Florencia (3-2), el Bayern se ha llevado el gato al agua en un partido loco, irregular, de esos que le encantan a Robben, que ha marcado el tanto que ha dado el pase a los de Van Gaal. Pero esa es otra historia. En fútbol siempre han ganado los alemanes. Es más importante que, de vez en cuando, ganen los románticos.

lunes, 9 de marzo de 2009

El tiempo como hecho cultural

En su libro de reportages sobre África Ébano, Kapuscinski escribe que para los europeos "el tiempo funciona al margen del hombre", que es objetivo. En cambio, "los africanos perciben el tiempo de manera diferente. Para ellos, es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva (...) desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo".

Cada cultura tiene su propia noción del tiempo. En el mundo llamado Occidental, para bien o para mal, estamos empeñados en luchar contra lo imparable, querríamos moldear las horas que tiene un día en función de si es lunes o sábado. Esto es imposible, y muchas veces es esto lo que nos genera estrés.

Esta semana he creído averiguar que este hecho en España está mucho más arraigado. O por lo menos en el fútbol español. En diez días podemos pasar de estar el Barça en crisis (Sport dixit) a estarlo el Madrid si mañana es eliminado de la Champions League en la ciudad del Yesterday. Creamos crisis y las zanjamos con la subjetividad de una victoria.

Tengo la sensación de que en Italia o Inglaterra no es lo mismo. Ancelotti tiene -si Florentino no obra la machada- la continuidad asegurada en el Milán a pesar de estar eliminado de la UEFA, la Coppa y estar tercero en Liga a 12 puntos del eterno rival. Los jugadores necesitan renovarse -la media de más de 29 años no deja lugar a dudas- pero el proyecto no parece ponerse en tela de juicio.

En la Premier, todos conocemos las historias de Ferguson, Wenger, y la que está construyendo Benítez al frente del Liverpool. El técnico del hoy todopoderoso ManUtd fichó por los diablos rojos en 1986 y hasta 1990 no ganó su primera FA Cup, un título menor. Hasta el 93 no ganó la Premier. Con Wenger pasa más o menos lo mismo: ficha a su antojo jóvenes promesas y forma equipos económicamente rentables y tiene la seguridad de que en los años de vacas flacas no le echarán a la primera de cambio.

El tiempo en el fútbol también tiene su parte cultural. Cada país tiene sus particularidades y su forma de entender el deporte. En Inglaterra, Italia o Alemania tiene una importancia mucho más importante el colectivo, un concepto que traslada ineludiblemente al papel de un entrenador que lo ha moldeado para que funcione. En España, en cambio, la tiranía de la individualidad hace que los entrenadores se conviertan en la mayoría de casos en gestores de alineaciones.